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Cerca de la revolución

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“Podemos hacer las cosas por nosotros mismos o pagar a otros para que nos las hagan. Son dos sistemas de abastecimiento y ocupación: sistema de suficiencia y sistema de organización”

Así comienza el prólogo (escrito por E. F. Schumacher) del libro “La vida en el campo”, de John Seymour. Se trata de un manual práctico que explica todo lo referente a las actividades que el hombre debe llevar a cabo para subsistir en el campo de modo que sólo trabaje para sí mismo y para su propio abastecimiento. En principio, nos puede parecer poco interesante o práctico a nosotros los que vivimos en ciudades; nos imaginamos que esa vida es casi una utopía, imposible de llevar a cabo en el mundo de hoy. Pero, sin embargo, la estamos llevando a cabo poco a poco y casi sin darnos cuenta, cuando cultivamos nuestras plantas de cannabis. Y al cultivarlas estamos haciendo, lisa y llanamente, una revolución popular.

La demanda por un cambio de perspectiva con respecto a la marihuana empezó como una idea latente, tal vez un deseo que las generaciones pasadas consideraban irrealizable, acá en Argentina. Hoy en día realizamos nuestra demanda a gritos porque ya estamos hartos de tener que quedarnos callados, de no poder hablar de ciertas cosas. Hay un proyecto de ley muy prometedor; hay revistas y publicaciones que se venden en cualquier kiosco de diarios, incluso libros (como los de Alicia Castilla). Internet rebosa de información acerca de cómo cultivar plantas en exteriores, indoors, para el que vive en un terreno grande y para el que tiene un departamentito en microcentro. Todos tienen la posibilidad de cultivar marihuana y cada vez más lo están haciendo. Ya no hay forma de parar esta demanda porque ya tiene vida propia y el debate está instalado en la sociedad. ¿Y qué es esto sino una genuina reforma popular impulsada por la práctica?

En primer lugar, la demanda por el auto-cultivo encierra en sí misma dos enormes ¡NO!: El ¡NO! a la prohibición y el ¡NO! al narcotráfico. No es que ya no se compre porro ahora, pero antes el que quería fumar tenía que comprar sí o sí. Era una actividad clandestina y, como tal, peligrosa de llevarse a cabo. Uno estaba obligado a comportarse como un criminal, corría el peligro de enfrentarse a policías, podía caer preso y adquirir prontuario. Hoy por hoy estamos todos cansados de que nos impongan una prohibición que encontramos absurda, pero también somos conscientes del poder que tiene el narcotráfico y de cuán enquistado está en los estamentos del Estado. ¿Por qué la única opción que tenemos es comprar porro que no sabemos ni de dónde viene, ni quién lo cultivó o en qué condiciones? ¿Por qué tenemos que engordarle los bolsillos al narcotraficante que tiene todo el control de la producción y al político que hace posible la distribución? Sabemos perfectamente que el negocio que está detrás de la droga es oscuro; vemos la hipocresía del sistema que manda a la cárcel al pibe que se fuma un porro en la plaza y da piedra libre al que se hizo millonario (a él y a unos cuantos más) traficando droga.

Después de haber reflexionado sobre esta situación hipócrita y contraria al interés humano y popular, hemos llegado a la única solución posible: el auto-cultivo. Y ahí es donde reside la verdadera revolución: no sólo no vamos a admitir alguien que nos prohíba fumar una planta, sino que tampoco queremos comprarla. En este mundo capitalista en el que los seres humanos nos definimos casi exclusivamente como consumidores, gracias al auto-cultivo nos definimos como independientes y solidarios. Independientes porque cada quien se provee de sus propias plantitas; solidarios porque cuando llega la época de cosecha llega la hora de compartirla con todos.

Cuando cultivamos una planta para nuestro propio consumo, establecemos una relación especial con ella y deja de ser un mero producto para convertirse en parte esencial de nuestra vida. No es algo que va de la mano del puntero a la nuestra y fumamos y ya: es algo que vemos crecer, que alimentamos, que cuidamos y gracias a todo eso, comenzamos a conocer más sobre cómo es realmente. Establecemos una relación entre nosotros y la planta; ni somos consumidores ni ella es un mero objeto de consumo. De a poco nos vamos informando más sobre cómo es, las características que tiene, las distintas especies, sus necesidades de luz, agua, comida; y nos conocemos más a nosotros mismos también.

Ahora volvamos un poco y releamos las palabras de E. F. Schumacher al inicio de esta nota. El autocultivo es un signo inequívoco del sistema de suficiencia, en el que los humanos pueden y de hecho hacen las cosas por sí mismos. Esto no significa volver al pasado, como piensan algunos, ni volverse ultra individualista, como piensan otros. Es volver a tener una relación con el medio ambiente y a darle un nuevo sentido a las cosas que necesitamos para vivir. No un sentido corporativo, que es el que tienen las cosas ahora, sino uno en el que la relación entre los seres que conviven es solidaria, no parasitaria. Hoy por hoy los humanos somos los parásitos del planeta. Tomamos todo y no devolvemos nada. Pero con la promoción del cultivo de cannabis las cosas están empezando a cambiar.

Lo que parecía imposible de “La vida en el campo” es posible hoy porque lo estamos viendo y viviendo cada vez que cultivamos una planta para luego fumarla. Tal vez parezca poca cosa. Es una planta, dirán, una entre miles y miles. Pero pensemos que en tiempos pasados cultivar esta planta también parecía imposible, sobre todo en el medio de un barrio cualquiera de la Capital. Hoy es la marihuana pero mañana podrán ser el tomate, la lechuga, la zanahoria. Las plantas medicinales con las que reemplazaremos la industria de fármacos. Las energías alternativas que nos van a dar todo lo necesario para que dejemos de depender de la industria del combustible fósil. Todo lo que necesitamos está ahí, sólo que un puñado de CEOs ahora lo llama “suyo” y nos lo vende porque tiene el poder para extraerlo, tratarlo, refinarlo, purificarlo, masacrarlo.

El cultivo propio es contrario a los intereses corporativos y por lo tanto favorable a los intereses humanos. La difusión de esta práctica ya es imparable y con ella vendrán muchas más acorde al sistema de suficiencia. Estamos ante el primer germen de la revolución por la suficiencia y la verdadera independencia. ¡Y todo gracias a la marihuana! La imagen del fumón se trastocó mucho a lo largo del tiempo: de drogón empedernido, inyectándose heorína mientras le chorea la cartera a una ancianita, a un colgado total (benigno al menos) que no sabe ni dónde está parado, a un individuo consciente de sí mismo, con las ideas claras y la voz siempre lista para defenderlas. Falta una imagen más todavía: la del revolucionario que pudo empezar a cambiar el mundo.

Written by Yanina Paula

June 6, 2011 at 9:10 pm

Posted in Libertad civil

¿Quién es el criminal?

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Nuevamente, el poder estatal arremete en contra de los derechos civiles; como le es habitual, en contra de la voluntad popular. Esta vez se trata de una ciudadana argentina, Alicia Castilla, la “señora cannabis”. Todos han visto, aunque sea de paso, su libro, Cultura cannabis, en los quioscos de revistas. Ella misma hizo todo el trabajo: lo escribió, lo editó y luego lo distribuyó por muchísimos lugares de Buenos Aires. Cuenta que los canillitas creían que les iba a dar un libro de poemas, y que les cambiaba la cara cuando veían la chala impresa en la tapa de los libros. Luego de repartirlos se tomaba el colectivo de vuelta a su casa y en el viaje empezaba a recibir llamados de los quiosqueros a quienes les había repartido el libro pidiéndole más ejemplares. También ella misma fue a venderlos. Se puso un puestito en plaza Francia y, como era de esperarse, fue un éxito, sobre todo entre sus compañeros de feria.

¿Esto es un crimen?

Alicia Castilla es una mujer de 59 años, es licenciada en ciencias de la educación y psicoanalista. En su biblioteca cuenta con libros como Plantas de los dioses, Historia general de las drogas, Las puertas de la percepción. Es una pionera en materia de difusión de información acerca del cannabis, y eso le ha costado caro: ha enfrentado múltiples denuncias en una clara violación de su derecho de expresar sus ideas libremente. Pero, como todos sabemos, las ideas son peligrosas para aquellos que no quieren que se piense. En estos tiempos la sociedad exige un cambio de perspectiva con respecto al cannabis y exige el reconocimiento y aval del autocultivo (práctica que ha sido promovida por Alicia en otro de sus libros, Cultivo cannabis). Pero el autocultivo también parece ser peligroso para el poder económico.

Es evidente el rotundo fracaso de la política anti-drogas llevada a cabo por éste y otros (casi todos) gobiernos. Constantemente vemos entrar a las cárceles a personas que han sido llevadas por fumarse un porro o por cultivar algunas plantas sin ningún fin comercial. Del mismo modo, vemos a nuestro alrededor ese oscuro poder llamado narcotráfico, al que sabemos poseedor de mansiones, aviones, pistas de aterrizaje, zoológicos, diputados, presidentes. Personas que a pesar de estar violando la ley de modo flagrante, gozan de impunidad total y de protección de los gobiernos que tienen dentro de su bolsillo. Y la ciudadanía asiste inerme a la hipocresía del poder estatal, cuyas leyes no son menos que un escupitajo en la cara. Alicia Castilla, nuevamente, ha sido víctima de este sistema hipócrita y corrupto hasta la médula.

Hace tan sólo algunos meses Alicia decidió mudarse a Salinas, Uruguay, en busca de una vida más tranquila. Pero esa tranquilidad no le duró casi nada, porque un vecino “anónimo” la denunció por tener sus plantitas: en total eran 29 plantines y 24 gramos de marihuana. Una muestra más de la decadencia de nuestro sistema legal, político y judicial, que atenta en contra del pueblo, persigue a quienes debería proteger y los convierte en criminales por el sólo hecho de cultivar una planta sagrada para el consumo personal. Es otro de los tantos atropellos en contra de los derechos civiles y la libertad (la verdadera libertad, no la de mentira que se compra con dinero). En este momento Alicia Castilla se encuentra detenida en Canelones (Uruguay) a la espera de un juicio que tiene una clara motivación política, porque, como ella misma lo afirma, el cultivo y el consumo de cannabis son hechos políticos de una sociedad que se planta frente al sistema y se seguirá plantando por siempre. La voz de Alicia Castilla no puede ser acallada ni siquiera desde una jaula. Al contrario, este hecho debe ponernos a todos más alertas que nunca y nuestro grito debe escucharse en todos los rincones; el grito por la libertad de Alicia, el grito por nuestra libertad.

Written by Yanina Paula

March 9, 2011 at 4:49 am